EL GUERRERO HERIDO

jue, Feb 27, 2014

Sección: Artículo


El joven tenía fama de ser un muchacho malo, tomador y violento. Contaba con muchísimos amigos, de esos de cantina. Cipriano Cruz Hernández era de Ahuehuetitla, municipio de San Felipe Orizatlán, Hidalgo y su idioma materno era el náhuatl. En 1975, llegó un evangelista itinerante de Monterrey, llamado Santos Guadiana y le predicó el evangelio al joven de 20 años.

El cambio fue total. El nuevo Cipriano tenía un amor por Cristo incontenible, y se volvió un apasionado evangelista acompañando a Santos en sus viajes por las comunidades. Sus muchos amigos se volvieron en su contra, amenazando con golpearlo y colgarlo. En más de una ocasión se llevaron una escopeta al monte para emboscarlo y matarlo, pero siempre algo sucedía para impedirlo. Una vez le jalaron al gatillo pero no tronó. En otra ocasión, lo vieron con mucha gente adelante y detrás, y salieron corriendo, aunque Cipriano siempre andaba solo.

La presión en Ahuehuetitla aumentó. Obligaban a Cipriano a pagar las faenas doble, debido a su creencia diferente. “Es un estorbo porque no se queda callado”, dijeron, y obligaron a todos los nuevos creyentes a firmar un documento renunciando a la fe evangélica. Cipriano fue el único que no firmó, así que en 1977 fue expulsado y comenzó a vivir en Huejutla.

Siguió de evangelista itinerante, predicando el Evangelio en muchas comunidades a pesar de las amenazas que recibía dondequiera que iba.  Entre los lugares que visitaba con regularidad para enseñar la Palabra, estaba Coxhuaco, a apenas unos kilómetros de Huejutla. Todas las semanas, al pararse en la carretera para buscar transporte de regreso a casa, los comuneros lo amenazaban, diciéndole que no volviera. Una tarde de octubre de 1981, más de 300 personas lo rodearon, golpeándole hasta dejarlo totalmente desfigurado. Habían preparado un lazo en la cancha para ahorcarlo. Lo arrastraron hasta el lugar con la enardecida multitud gritando: “Ya cuélguenlo! ¡Mátenlo!” De pronto, una voz se distinguió de las demás:  “No lo cuelguen. Ya que se vaya”.

Lo soltaron y se fue, pero regresó al día siguiente, angustiado por los creyentes de ahí. Al tercer día los citaron en la presidencia de Huejutla. Resulta que los mismos comuneros lo estaban demandando por alborotar a la gente. Llegó Cipriano a su cita, con la cara golpeada y grandes moretones en todo el cuerpo, demostrando lo irónico de la situación, que el agredido era el demandado.

En medio de la confusión de acusaciones falsas, el juez finalmente entendió que era un caso de persecución religiosa. Les explicó que tener una creencia religiosa diferente no es un delito. Luego dijo: “Este hombre vale mucho, pues gente como él no hay. Yo también soy creyente metodista. Tengan mucho cuidado, pues se están metiendo con un hijo de Dios”. El juez absolvió a Cipriano e impuso una multa a los agresores de Coxhuaco. No mucho tiempo después, mataron al principal instigador.

Cipriano, por seguridad no regresó a Coxhuaco, pero siguió su labor de evangelista. Un tiempo después, fue a visitar, junto con otros dos, al pastor de Jaltocán. Era la fiesta de chantolo, la celebración de los muertos en octubre y noviembre, cuando las agresiones contra los evangélicos suelen aumentar. Ya noche, iban caminando por la calle, cuando una enorme piedra le cayó en la nuca a Cipriano, dejándolo casi inconsciente. Sus dos acompañantes corrieron aterrorizados, dejándolo a su suerte. Cuando volvió en sí, un médico le estaba cosiendo la herida. El pastor de Jaltocán lo había rescatado y lo fue a dejar a su casa. Tiene una enorme cicatriz hasta el día de hoy.

Ahora el desánimo y la soledad lo envolvieron. El hecho de que sus compañeros lo hubieran abandonado en el momento de mayor peligro, lo quebrantó su espíritu. Nació en él un gran deseo de venganza. Tuvo tentación de ir a tomar, algo que no había hecho desde su conversión.

Un amigo, al verlo tan desanimado, lo invitó a la cantina y le compró una cerveza. Se quedó mirando la cerveza y escuchaba las voces clásicas de la borrachera: “No pasa nada. Una no es ninguna. Ésta nada más, para que se te quite la pena…” Pero en cuanto agarró la botella, escuchó una voz divina que dijo su nombre: “Cipriano, ¿qué haces?” La soltó rápidamente, y las otras voces volvían a surgir diciéndole: “Tómatelo ya”. Pero cada vez que agarraba la botella, escuchaba esa voz firme y tierna que decía su nombre: “Cipriano, Cipriano, ¿qué vas a hacer?” Finalmente agarró y se tomó la mitad de la cerveza para luego comenzar a vomitar estrepitosamente. Fue corriendo a casa, se encerró y lloró como niño, pidiendo perdón por lo sucedido. Hasta la fecha, Cipriano jamás ha vuelto a tocar el alcohol.

Sin embargo, el desánimo continuó por mucho tiempo más. Algunos le dijeron que no podía ser un auténtico misionero, pues había sido perseguido por su fe. Estas palabras le atormentaron durante años.  Todos los sacrificios, las persecuciones para descubrir que Dios no lo había enviado y que no contaba con su bendición. No lo podía entender.

Para entonces, estaba casado con Gloria Hernández de la comunidad de Ixcatlán. Gloria había sido regalada por su padre, con una familia adinerada en Huejutla. Cipriano, quien era plomero de oficio, la conoció en esa casa y pidió la mano de la muchacha. Se casaron en el templo cuando Gloria tenía 17 años. Ella, como había pasado toda su vida encerrada trabajando, tenía muchos deseos de ir a los cultos, aprender los cantos y ver qué enseñaban. Cipriano, en medio de su desánimo, no la quería llevar, hasta que al fin accedió. Gloria no tardó en recibir a Cristo como su Señor y abrazar la fe de su marido. Pero el dolor y el desánimo continuaban en Cipriano.

Fueron naciendo sus hijos: Moisés, Abraham, Ana Ester y Usiel. Más tarde vendría Benjamín. Miraba a sus pequeños y sabía que tenía que criarlos en el Evangelio. Se decía, “Tengo que seguir, aunque sea gateando”.

Después de cinco años, un creyente de la Primera Iglesia Bautista de Huejutla, lo invitó al culto a escuchar. Después habló con el pastor, presentando su tristeza y sus dudas.  El pastor, con Biblia en mano, le demostró cómo los héroes de la fe del Antiguo Testamento, y los misioneros bíblicos sufrieron grandes persecuciones, no como señal de la desaprobación de Dios, sino precisamente de su bendición. El guerrero herido llamado Cipriano había sido restaurado a la comunidad de creyentes, y su corazón sanado. Ya tiene más de 15 años que él y su esposa son miembros de esta Iglesia, y todos sus hijos son seguidores de Cristo.

Diana Garrett del Río

 

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