Nos da pena, pero en México no sólo existe mucha intolerancia religiosa con violencia, sino que las autoridades parecen totalmente incapaces de frenarla. Desde luego, por lo general las víctimas pertenecen a la “¿despreciada?” Iglesia evangélica. Entonces toca a este noticiario pugnar por un cambio en tal injusticia y una solución al problema. Nos gusta pensar que México es un país de leyes.
El 21 de enero dimos gracias a Dios por la columna “Juegos del poder” publicada por Excelsior y escrita por Leo Zuckermann, sobre este tema. Pregunta este periodista, centrándose en el resurgimiento de persecución en San Juan Chamula, Chiapas, donde desde los años 70’s han sido expulsados de sus hogares unos 30 mil chamulas por ser de la religión evangélica:
“¿Hasta cuándo durará el conflicto de intolerancia religiosa en San Juan Chamula? ¿Acaso es irresoluble? ¿Qué están haciendo el gobierno federal y el del estado para asegurar la convivencia armónica de dos comunidades que creen en el evangelio de Cristo? ¿No deberían intervenir las autoridades de la Iglesia católica a fin de procurar la concordia con sus hermanos cristianos? ¿Qué han hecho los maestros de las escuelas públicas para enseñarles a los niños del municipio el valor de la tolerancia religiosa? ¿Dónde está la Comisión Nacional de los Derechos Humanos en un caso de flagrante violación a la libertad de religión? ¿No deberíamos los medios de comunicación reportar y analizar más este caso de intolerancia religiosa que parece más del siglo XVI que del XXI?”
Agradecemos al escritor Zuckermann por su valor y su sabiduría. Añade él: “No puede justificarse la intolerancia porque esos son los usos y costumbres de una comunidad”.
He allí el meollo del problema. Los famosos “usos y costumbres” están por encima de la Constitución de México. ¿Estamos de acuerdo con tal anomalía?
Por otro lado, Zuckermann recuerda que México ha firmado la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que en su artículo 18 declara: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.
¿Nos preocupa a los que somos cristianos evangélicos, que tantos de nuestros hermanos en la fe sufren tremendas privaciones por su fidelidad a Cristo? ¿Es justo y correcto lo que padecen? ¿No debemos hacer algo a favor de ellos? Una fuente confiable nos dijo recientemente que el INEGI considera que México cuenta con 19 millones de creyentes evangélicos, aunque es de dudarse que el nuevo censo concluya tal cosa. Y se calculan (informalmente) unos 60 mil pastores. No cabe duda: el Evangelio es la convicción de gran número de mexicanos.
En fin, ¡es hora de defender a nuestros hermanos de alguna manera!










Dom, Ene 31, 2010
Sección: Editorial